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San José, un modelo de hombre discípulo-misionero de la Misericordia

San José, un modelo de hombre discípulo-misionero de la Misericordia

Quien hace el camino de la Misericordia con frecuencia busca modelos que motiven su camino y le ayuden a crecer en su transformación en Cristo. Todos necesitamos modelos, personas dignas de imitar, los encontramos en personas que lideran la Iglesia, en amigos que nos apoyan y con su modo de vida nos hacen pensar que nosotros también podemos. La Iglesia nos ofrece, en el año litúrgico, en varias oportunidades, la figura de un hombre excepcional: San José, hombre justo que vivió su existencia bajo la guía segura del Espíritu: en adviento y navidad aparece silencioso, y en actitud de discernimiento del misterio que llega a él; en la Presentación del Señor, Lucas le presenta como hombre cumplidor de la Ley, pero una vez más, aparece silencioso al lado de la madre; en la pérdida del niño Jesús en el Templo; en la fiesta de la Anunciación o Encarnación, y en las mismas fiestas referentes a él mismo, la figura de José aparece silenciosa pero siempre ahí, al lado de Jesús y presentado como “hombre justo”. Es que en San José se cumple lo que el libro de la Sabiduría afirma: "El Espíritu Santo viene a las almas nobles y les hace amigos de Dios " (Sab 7, 27).

Los obispos en Aparecida nos invitan a contemplar hoy a san José como modelo de discípulo misionero: “Nuestros pueblos nutren un cariño y especial devoción a José, esposo de María, hombre justo, fiel y generoso que sabe perderse para hallarse en el misterio del Hijo. San José, el silencioso maestro, fascina, atrae y enseña, no con palabras sino con el resplandeciente testimonio de sus virtudes y de su firme sencillez.” (DA 274).

La vida espiritual no es otra cosa que el trato asiduo e íntimo con Cristo, para identificarnos con Él. Por ello, San José, mejor que ningún otro santo sabrá enseñarnos muchas cosas sobre cómo vivir en la Misericordia.

Aunque San José, considerado "luz de los patriarcas", descuella realmente entre las grandes figuras de la historia de la salvación, la grandeza de su dignidad y de su misión, sin embargo, pasa muchas veces desapercibida, debido a su profunda humildad y silencio. San José es un caso excepcional en la Biblia, un santo al que no se le escucha ni una sola palabra. No es que haya sido uno de esos seres que no hablaban nada, sino que fue un hombre que cumplió aquel mandato bíblico: "Sean pocas tus palabras". Entonces, ¿de dónde su grandeza?

Santo Tomás de Aquino estableció un principio: "cuanto alguna cosa recibida se aproxima más a la causa que la ha producido, tanto más participa de la influencia de esa causa". Así que, a más próxima o cercana a Dios esté una persona, tanto más participará de su infinita santidad. Y como después de la Virgen María nadie se ha acercado tanto a Dios como San José, en virtud, precisamente de su singularísimo llamado a ser esposo de María y padre virginal de Jesús, hay que concluir con toda seguridad, que la santidad de san José no puede compararse con ninguna otra criatura después de María.

Entonces: ¿cuáles valores de san José pueden iluminar al hombre “carismático” de este siglo?, ¿qué nos enseña san José para nuestra vida cristiana?

Juan Pablo II en la exhortación apostólica Redemptoris Custos, del 15 de agosto de 1989, sobre la figura y misión de San José en la vida de Cristo y de la Iglesia, afirma que toda su grandeza se puede deducir de las palabras que el ángel le dirige y su respuesta pronta y generosa a la misión presentada: "José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 20). En estas palabras hallamos la clave de la verdad bíblica sobre san José. Afirma el Papa: “Precisamente José de Nazaret ‘participó’ en este misterio de la Encarnación como ninguna otra persona, a excepción de María, la Madre del Verbo Encarnado. Él participó en este misterio junto con ella, comprometido en la realidad del mismo hecho salvífico, siendo depositario del mismo amor, por cuyo poder el Eterno Padre nos ‘predestinó a la adopción de hijos suyos por Jesucristo” (Ef 1,5)" (Redemptoris Custos, RC, 1).

Hacer un cuadro de las virtudes de San José, serviría para trazar la espiritualidad que debe caracterizar al discípulo misionero de hoy: discernimiento guiado por el mismo Espíritu; disponibilidad incondicional a los planes divinos; su obediencia pronta a la voluntad de Dios, sin excusas, que ante todo manifiesta su confianza en Dios; su amor entrañable y, a la vez, respetuoso a Jesús y a su Madre Santísima, y su castidad como fruto de ese mismo amor; su espíritu contemplativo; su sencillez y humildad que le llevan a cumplir su misión con dignidad y silencio; su trabajo, al que se entrega con decisión, paciencia y responsabilidad y, al mismo tiempo, con el que se santifica; y, en general, haber acogido y desarrollado en su vida las gracias recibidas en una vida de trabajo ordinario.

Pero ante todo, el Evangelio de Mateo nos comparte un momento crucial en la vida de san José que merece ponerle atención de modo especial. En aquel momento, que el Papa Juan Pablo II llama “la «anunciación» nocturna, “José escucha no sólo la verdad divina acerca de la inefable vocación de su esposa, sino que también vuelve a escuchar la verdad sobre su propia vocación”. En este momento, ante el hecho de la encarnación virginal de María, si bien no comprende todo lo que está pasando, no exige explicaciones;  no hace juicios temerarios ni reproches; no recrimina nunca a Dios por no esclarecerle todo lo que estaba ocurriendo. Su actitud es más bien todo lo contrario: guarda silencio y confía. Ante las situaciones misteriosas que lo sobrepasan se muestra confiado, pues él sabe en Quién ha puesto su confianza.

Hay silencios de apocamiento, de complejo, de timidez. Hay también silencios despectivos, de orgullo resentido. El silencio de José es el silencio necesario para encauzar la vida hacia dentro, para meditar y conocer la voluntad de Dios. José es el santo del silencio. Quizás Dios ha permitido que de él no se conserve ni una sola palabra, para también enseñarnos a amar el silencio. Es este silencio la virtud que necesita el hombre para poder oír la voz interior, para poder entender las mociones del Espíritu, para poder discernir la Voluntad Divina en los vaivenes de la vida, para poder responder de modo adecuado, en obediencia filial, la llamada divina. Como afirma santa Faustina: “El alma silenciosa es fuerte; ninguna contrariedad le hará daño si persevera en el silencio. El alma silenciosa es capaz de la más profunda unión con Dios; vive casi siempre bajo la inspiración del Espíritu Santo. En el alma silenciosa Dios obra sin obstáculos” (DSF 477).

San José con su silencio, nos manifiesta la práctica de una virtud clave en la espiritualidad de la Misericordia: la humildad, sólo quien es humilde se mantiene como la violeta, oculta entre las otras flores pero es perceptible por su olor, como santa Faustiana bien afirma (cfr. Diario).

San José es pues para todos nosotros un modelo de hombre prudente. Y es que, indiscutiblemente, José no mide la realidad de acuerdo a los criterios del mundo; todo lo contrario, siempre abierto al plan de Dios confiaba plenamente en Él. Es un modelo para todos los hombres de hoy, de respeto a la persona, a la honra ajena; en especial para los matrimonios que tan frecuentemente se ven sumergidos en tantas inútiles y, no pocas veces, absurdas contiendas que resquebrajan e hieren la confianza, que hieren la dignidad de uno de los cónyuges, que levantan una polvareda que va dando un testimonio desastroso ante los hijos.

Además, san José, por encima de sus propios planes, acoge con alegría los planes del Señor, y "extiende" sus manos y se pone en las manos del Padre. Demostrando así, a los hombres de este siglo, instalados en falsas seguridades y cerrados sobre sus propios caprichos, que la grandeza de su vida no está en sus planes y logros humanos, sino en la confianza puesta, en la obediencia vivida con prontitud y generosidad que plenifica y dignifica a quien lo sigue.

Por este motivo podemos hablar de san José como modelo auténtico de discípulo misionero. Con toda razón la tradición cristiana recoge las palabras de la Escritura: "Ite ad Ioseph. - Id a José" (Gen 41, 55), refiriéndolas a san José. Sí, vayamos a José como modelo de hombre que nos enseña a vivir como discípulos misioneros hoy.