Nuestro Pecado ante el avance de la Cultura de la Muerte

Podemos estar seguros, contamos con un amor estable, firme e incondicional, el amor Misericordioso de Dios que nos sale a encuentro y que se hace Fiesta de la Misericordia en este día. Pero, sí Dios nos ama ¿por qué vivimos con inseguridades, temores, envidias, angustia, tristeza y experimentamos una partición interna que nos hace tan complicada la existencia? ¿Sí Dios NOS AMA, por qué estamos cediendo como sociedad en nuestro contexto actual a los interese de la cultura de la muerte?
Recientemente la corte constitucional colombiana ha sentenciado a muerte a los niños por nacer extendiendo el aborto en nuestro país hasta la semana 24, es decir hasta los 6 meses, y a esto hemos de sumar otros aspectos preocupantes como la eutanasia, la ideología de género, la corrupción, la injusticia entre otros.
Afirma el Catecismo de la Iglesia # 397: “El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador (cf. Gn 3,1-11) y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre (cf. Rom 5,19). En adelante, todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad”.
Abusar de nuestra libertad, la cual nos ha dado Dios para que podamos amarlo y amar al prójimo es la apuesta del tentador para que abracemos el pecado. Desobediencia a Dios, ante su proyecto amoroso, y desconfianza en nuestra relación con Él, esa desconfianza hiere grandemente al Señor: La desconfianza de las almas desgarra Mis entrañas. (DSF# 50).
La partición que experimentamos a causa del pecado nos sitúa en una lucha entre dos amores como lo nota San Agustín en su obra, la ciudad de Dios: “El amor a Dios hasta la pérdida de sí mismo, hasta la entrega de sí mismo, y el amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios, hasta el odio a los demás”.
Benedicto XVI, comentando la teología de San Pablo sobre el pecado en la Carta a los Romanos expresaba: “se podría decir que, si no hubiera sido para demostrar la centralidad de la gracia, él no se habría entretenido en hablar del pecado… (Ver Rom 5, 12). Por eso, si en la fe de la Iglesia ha madurado la conciencia del dogma del pecado original, es porque este está inseparablemente vinculado a otro dogma, el de la salvación y la libertad en Cristo”. (3 diciembre del 2008)
El Catecismo en el numeral 387: nos advierte qué ante la realidad del pecado, no podemos caer en la tentación de explicarlo únicamente como: “Un defecto de crecimiento, como una debilidad psicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, porque el pecado es un abuso de la libertad.
El Catecismo en el numeral 386 nos recuerda, que para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios.
El Pecado viene a atacar tu relación con Dios, le interesa que metas en el congelador tu amistad con Él, porque su apuesta es lograr tu separación definitiva de la fuente de la verdad y la vida.
San Pablo en la Carta a los Romanos, relata la letalidad del Pecado. (Leer Rom 1, 21-32) y su paga es la muerte (Rom 6, 23), ya que todo aquel que siembra en la carne, cosecha corrupción (Gal 6,8). Santa Faustina afirma: Que el pecador sepa: Con el sentido que peca, con ese será atormentado por toda la eternidad (DSF 741).
Finalmente debemos tener en cuenta: “La Revelación nos da la certeza de fe de que toda la historia humana está marcada por el pecado original libremente cometido por nuestros primeros padres. (CEC # 390) “Detrás de la elección desobediente de nuestros primeros padres se halla una voz seductora, opuesta a Dios (cf. Gn 3,1-5) que, por envidia, los hace caer en la muerte (cf. Sb 2,24)”. (CEC # 391).
Hablar del pecado hoy, DENUNCIARLO no es fácil, nos caracterizamos por ser una sociedad ultra “sensible” que tiene a la “verdad” por ofensiva y discriminatoria, pero lo cierto es que hemos de denunciar la terrible realidad del pecado porque nuestras conciencias deben ser iluminadas, y nosotros en definitiva rescatados. Rescatados de la mentira, de la manipulación de las perversas ideologías y hasta de una identidad diluida en nuestro cristianismo donde la sal se torna insipiente y corre el riesgo de no salar.
Aquí debemos recordar lo que expresa el cardenal Sarah: “Jesús nos pidió ser sal de la tierra y no el azúcar del mundo”.
Por Miguel Fernández Coord. Nacional Casa de la Misericordia
