NOVENA PENTECOSTES 2026 Realiza en nosotros un nuevo Pentecostés. p. Ricardo Giraldo Munera s.e.s.
CÓMO SE PREPARA TODO PENTECOSTÉS Mons. Alfonso Uribe Jaramillo. Libro Pastorear en Espíritu.

CÓMO SE PREPARA TODO PENTECOSTÉS
Mons. Alfonso Uribe Jaramillo. Libro Pastorear en Espíritu.
La Gran Efusión del Espíritu Santo sobre los discípulos el día de Pentecostés no sucedió al acaso, ni improvisadamente. Fue preparada por la esmerada predicación de Jesús acerca de la Persona de la Acción del Espíritu Santo y por “la oración perseverante y unánime” de todos. Ningún Pentecostés se cumple sin la debida preparación.
El enfoque que hizo Pablo VI el 18 de mayo del 75 es muy preciso y luminoso: “Nosotros, ahora, anunciando el misterio de Pentecostés, detengámonos en sus umbrales: ¿Cómo podemos procurárnoslo?”. También esta frase del acontecimiento de Pentecostés merece y es suficiente por ahora para nuestra presente reflexión. La preparación no es algo superfluo, aun cuando el gran don del Espíritu es gratuito y puede infundir en nosotros con el ímpetu de su viento y con el improvisto arder de su Fuego, como ocurrió en aquel día único e histórico de nuestro primer Pentecostés.
Cuáles deben ser las etapas principales de esta preparación?
- Una fe muy grande en el Espíritu Santo que genera en nosotros una gran sed de Él y de Sus dones.
En el Evangelio de San Juan leemos estas palabras: “El último día de la fiesta, el más solemne, puesto en pie, Jesús gritó: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que crea en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado”. (7, 37 – 39).
El Espíritu Santo aparece frecuentemente en la Sagrada Escritura y especialmente en el Evangelio de san Juan bajo la figura del agua. Él es la fuente de aguas vivas que brota del Santuario, se convierte en torrente que es preciso pasar a nado y que sana todo y la vida prospera allí donde penetra esta agua (Ez 47). Él es el agua del que le habló Jesús a la Samaritana que “quita toda sed y que se convierte en fuente de agua que brota para la vida eterna” (Jn 4: 14). Pero es preciso que el Señor despierte en nosotros sed de esta agua viva para que la pidamos como lo hizo la Samaritana cuando dijo a Jesús: “dame de esa agua para que no tenga más sed” (4:15). “¡Oíd, sedientos todos, acudir por agua!” (Is 55: 1).
El mismo Señor Jesús se encargó de despertar esta fe y esta sed en sus discípulos antes de su Pasión y momentos antes de su Ascensión: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre el Espíritu de la verdad; a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y en vosotros está” (Jn 14: 15 – 17)
“Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14: 26)
“Pero yo me voy al que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta:
¿Dónde vas?, sino que vuestro corazón se ha llenado de tristeza por haberos dicho esto. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré; y cuando Él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia, en lo referente al juicio” (Jn 16,5- 8)
“Mientras estaba con ellos, les mandó que no se ausentaran de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre, “que oíste de mí: Que Juan Bautizó con agua, pero vosotros Seréis Bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días”. Los que estaban reunidos le preguntan: “¿Señor, es ahora cuando vas a restablecer el Reino de Israel?” Él les contestó: “A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con Su Autoridad, sino que Recibiréis la Fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”. (Hch 1: 4 -8)
De igual manera procederá San Pedro después de Pentecostés. Aprovecha la presencia de la multitud que se ha agolpado frente a la casa en donde se ha cumplido el prodigio para hablarles del don de Espíritu que el Señor quiere otorgar a todos: “Entonces Pedro, presentándose con los once, levantó la voz y les dijo: “Judíos y habitantes todos de Jerusalén: Que os quede esto bien claro y prestad atención a mis palabras: No están éstos borrachos, como vosotros suponéis, pues la hora tercia del día, sino que es lo que dijo el profeta: Sucederá en los últimos días, dice Dios: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán sus hijos y sus hijas; los jóvenes tendrán visiones y los ancianos sueños. Y Yo sobre mis siervos y mis siervas derramaré mi Espíritu. Haré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra” (Hch 2: 14 – 19)
Más adelante les dirá que Jesús, después de haber sido “exaltado por la diestra de Dios ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y lo ha derramados abundantemente” (2: 33). Y hará después esta gran afirmación: “Pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro” (2: 39). También San Pablo años más tarde procederá de idéntica manera con los cristianos de Éfeso: “Mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo atravesó las regiones altas y llegó a Éfeso donde encontró algunos discípulos; les preguntó: “recibisteis el Espíritu Santo cuando abrazasteis la fe?”. Ellos contestaron: “pero si nosotros no hemos oído decir siquiera que exista el Espíritu Santo”. Él replicó: “Pues qué bautismo habéis recibido?”. “El bautismo de Juan” respondieron. Pablo añadió: “Juan bautizó con un espíritu de conversión, diciendo al pueblo que creyesen en el que había de venir después de él, o sea en Jesús”. Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y, habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar. Eran en total unos doce hombres. (19: 1 – 7).
Hemos sido en la Iglesia muy parcos para hablar del Espíritu Santo. Con dolor Santa Catalina de Siena lo llamaba en su tiempo “El Gran Desconocido”. Basta ver el poco espacio que se ha dado a su persona y a su obra en los tratados de Teología. Afortunadamente hay un gran despertar y es creciente el deseo de conocer y poseer mejor a este Divino Espíritu. Pablo VI en su célebre catequesis de junio 7 del 73 dice que “a la cristología y especialmente a la Eclesiología del Concilio debe suceder un estudio nuevo y un culto nuevo sobre el Espíritu Santo justamente como complemento que no debe faltar a la enseñanza Conciliar. Esperamos que el Señor nos ayude a ser discípulos y maestros de esta escuela superior”.
Ojalá imitemos el celo del Santo Padre por hacer conocer mejor al Espíritu Santo, lo mismo que el de León XIII, de la Beata Elena Guerra y de muchos otros que han sido incansables en esta importantísima tarea.
- Permanecer en Jerusalén
Jesús mientras estaba comiendo con Sus Apóstoles, les mandó a que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre (Hch 1: 4)
El Plan del Señor era efectuar la primera Efusión de Su Espíritu en Jerusalén, ciudad de paz, y después de varios días vividos por sus discípulos en el recogimiento y en la oración. Aquellas ciento veinte personas tuvieron que prescindir durante esos días de sus actividades ordinarias, pesca y demás. Se requería un gran recogimiento espiritual, un profundo silencio interior como clima propicio para la oración privada y compartida.
Pablo VI ha insistido sobre la necesidad del silencio para la recepción de esta espléndida comunicación del Espíritu Santo. Suyas son estas palabras: “Por lo demás, aquel día prodigioso tuvo su preparación. La preparación del silencio interior, en que la conciencia ha madurado su conversión, su purificación, su metanoia. Nosotros los modernos, somos demasiado introvertidos, vivimos fuera de nuestra casa y quizás, como dijo un conocido filósofo, saliendo de casa hemos perdido la llave para volver a entrar en ella. El encuentro con el Espíritu Santo y Santificador, aunque deja sus huellas por todas partes en la escena de las cosas exteriores (“nada sin voz”, cf. 1 Cor: 14:10, para quien sabe escuchar), tiene lugar en el secreto del corazón donde se guarda la Palabra del Señor (cf. Jn 14: 23), donde el hombre es él mismo en la soledad de su personalidad.”
Y suyas también son éstas en su catequesis del 7 de junio de 1973: “Quien no tiene una vida interior propia carece de la capacidad ordinaria para recibir al Espíritu Santo, para escuchar su voz delicada y dulce, para sentir sus inspiraciones, para gozar sus carismas. El diagnóstico del hombre moderno nos lleva a reconocer en él a un ser extrovertido que vive bastante fuera de sí y poco en sí mismo, como un instrumento, más receptivo del lenguaje de los sentidos, y menos del lenguaje del pensamiento y del de la conciencia. La conclusión práctica nos exhorta inmediatamente a la apología del silencio, no del silencio inconsciente, ocioso y sin voz, sino del que impone silencio a los rumores y clamores exteriores y que sabe escuchar, escuchar en profundidad, las voces ciertamente sinceras de la conciencia y las que nacen del recogimiento de la oración, y aquellas otras inefables de la contemplación. Este es primer campo de la Acción del Espíritu Santo. Está bien que nos acordemos de Él.”
Por eso es muy importante hacer, si es posible, un “Retiro Espiritual” de varios días como preparación para ese encuentro más íntimo y vivencial con este Divino Espíritu que está en nosotros, pero como el gran desconocido y como el huésped ignorado.
La experiencia nos ha demostrado cómo durante esos “Retiros de Renovación” suceden cosas admirables. Este es uno de los mejores apostolados que podemos realizar. Son muchas las personas que se han identificado con ellos y muchas las que lo desean, pero no tienen quién se los facilite y oriente.
- Oración Personal y Comunitaria.
El Espíritu Santo es el “Don del Dios Altísimo” y, por lo tanto, debemos pedirlo insistentemente al “Padre de las luces de quien dimana todo don perfecto” (St 1:7).
Por eso Nuestro Señor nos inculcó esta oración al Padre para obtener el regalo de Su Espíritu: “Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. ¡Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide pan, le da una piedra; o, si un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si le pide un huevo, le da un escorpión? Si pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡Cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” (Lc 11, 9 – 13)
Esta oración alcanzará ese Don Maravilloso que “cambie nuestro corazón de piedra por un corazón de carne” (Ez 36: 26). El Padre nos oirá y cumplirá en nosotros lo que dijo por Ezequiel: “Infundiré en vosotros un espíritu nuevo. Infundiré mi Espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas”. (36: 26 – 27).
Esta oración debe ser humilde ya que somos pecadores e indignos de esta gracia tan grande.
Debe ser perseverante como que somos siervos que deben tener sus ojos fijos en los de su Señor.
Debe ser confiada porque somos hijos del Mejor de los Padres.
Pero a la oración privada debemos unir la comunitaria. El Primer Pentecostés fue preparado con un Grupo de Oración presidido por María. Orando Con Ella “perseveraban unánimes en la oración”. Ya sabemos por Jesús que la oración hecha por varias personas tiene una fuerza especial. “Yo os aseguro también que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, la conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. (Mt 18: 19 – 20)
Debemos despertar en nosotros y en nuestros hermanos un coro de súplicas al Padre por Cristo para que derrame abundantemente Su Espíritu de Amor y de fortaleza sobre nosotros. Pidamos el Nuevo Pentecostés que nos llene del Espíritu del Señor y Renueve los Prodigios del Primero. ¡Ven Espíritu Santo!
¡Ven, Espíritu Creador!.
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Con estas motivaciones te invito a hacer esta Novena como una buena ocasión de revivir un Nuevo Pentecostés. Pidamos al Espíritu Santo, “fortalecer nuestra capacidad de amar y de servir, para impulsarnos a aprender a caminar juntos hacia un mundo justo, solidario y fraterno. Hasta que celebremos juntos, con alegría, el banquete del reino celestial” (Papa Francisco DN 220).
- Ricardo Giraldo Munera
