“Al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos. Viendo pasar a Jesús, dice: Ahí está el Cordero de Dios. Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús, "Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: “¿Qué buscáis?” Ellos le respondieron: “Rabbí - que quiere decir, "Maestro" - ¿dónde vives?” "Les respondió: “Venid y lo veréis”. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día.
(Jn 1, 35-39) En estos cortos versículos se encuentran varios detalles importantes, en primer lugar, un Jesús que camina entre su pueblo, un Jesús que camina en la ciudad y que es posible advertirlo en el cruce de caminos si no estamos excesivamente distraídos en nosotros mismos, un Jesús que se hace el encontradizo en nuestra propia acera, recordemos: una vez el Señor se encarnó y puso su morada entre nosotros, lo podemos encontrar por las esquinas esperando que levantemos nuestro rostro y entrecrucemos nuestras miradas, ¡sí es posible encontrarlo! ante todo, para quién sabe dirigir una mirada hacia el horizonte liberándose de gravitar sobre su propia vanidad.
Jesús no pasa desapercibido para quien tiene sed de infinito y anhelos de un alto vuelo en la vida a partir de la experiencia liberadora del encuentro con su Persona que da un nuevo horizonte, y con ello, una orientación decisiva a nuestra vida. Cuándo por miles de razones nos sumimos en nuestros propios mundos y pensamos que no hay tiempo para nada, y vemos como la vida avanza sin parar en el frenesí del sin sentido, del consumo voraz y de lo rutinario sin espíritu, sin poder detenernos en medio de las grandes responsabilidades que muchas veces asumimos, o cuándo nuestro trabajo o estudio nos aleja del encuentro con los seres queridos, incluso del gozo y el disfrute de espacios que no rompen con la gracia, pero que han quedado desplazados por la incultura del desencuentro, se hace urgente un polo a tierra, una descarga de vitalidad al corazón, una colisión con la persona de Jesús en el cruce de camino.
Lo segundo a considerar, es que Juan Bautista hace un reconocimiento importante ante la Presencia de Jesús y lo señala como “El Cordero de Dios”. Podemos decir que en lo íntimo Juan Bautista reconoce a Jesús con su profunda significancia para sí y la humanidad, el verbo que usa el evangelista al describirnos esta escena es “emblepo”, el cual comúnmente se traduce como “ver”, pero en griego expresa “penetrar en la intimidad del corazón”, esto es ver más allá, ir más allá de lo superficial, y ello, ya es una invitación para saber fijar los ojos en Jesús y redescubrir su importancia para cada uno de nosotros, porque Jesús es mucho más que un viandante común de la historia.
Para Juan el Bautista ahí estaba el Cordero de Dios, la víctima propiciatoria, el que se donaba, se ofrecía y se sacrificaba por la salvación de los hombres. Pensar en esta mirada profunda del discípulo que llega a advertir lo que el entorno distraído no puede advertir, nos lleva a recordar la exhortación del Papa San Juan Pablo II a los jóvenes Chilenos en 1987: En medio de sociedades de ruido, de movimientos desenfrenados, de trabajos forzados, de espacios laborales estresantes, de horas que sólo pueden ser productivas y ser evaluadas desde los resultados, creo que este dato del discipulado nos debe ayudar a dirigir la mirada y a redescubrir cómo Jesús nos vuelve a llamar.
Volvernos a encontrar con Jesús en el Sagrario, en la comunidad, en la cotidianidad, en la familia, en el trabajo, en los contextos de este virus chino en nuestra casas y ciudades, ello puede ser una experiencia interesante que devuelva sentido a las cosas que hacemos. Incluso para Juan el Bautista que mucho bien hacía con su ministerio, hasta su quehacer se llenó de mayor sentido cuando descubrió a Jesús, así el Bautista descubrió que de todo lo que hacía, sólo una cosa realmente trascendía y supo que era la hora de detenerse para dejar sitio a otro, y lo expresó así: “es preciso que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30) puedes tú también considerarlo: ¿es este un momento preciso para que disminuyan en ti que cosas, y en qué medida debe empezar a crecer Jesús en ti? Lo tercero que podemos considerar es la alegría del encuentro con Cristo, ese encuentro con su presencia viva en la Eucaristía y la Palabra, nuestros obispos en Aparecida (DA. 28-29) nos señalan que: “ser cristiano no es una carga sino un don”.
Esta alegría está en reconocernos sus discípulos enviados con el tesoro del evangelio. La alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo atemorizado por el futuro y agobiado por la violencia, las maquinaciones humanas, el odio y la influencia cada vez más reconocible de satanás en la sociedad.
Fraternalmente, Senit Coa Coord.
Casa Misericordia Barraquilla / Misionera