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LA IGLESIA HACE POLÍTICA - Monseñor Ricardo Tobón Restrepo, Arzobispo de Medellín

LA IGLESIA HACE POLÍTICA - Monseñor Ricardo  Tobón Restrepo, Arzobispo de Medellín

En el proceso histórico de nuestro país y especialmente en la coyuntura política que vivimos, los cristianos debemos participar responsable y activamente. La acción política, realizada desde una visión cristiana, no puede concebirse sino como un servicio concreto a la sociedad, con el fin de proteger y favorecer el bien común. Esto significa la promoción y garantía de las condiciones necesarias para que los ciudadanos puedan desarrollar su vida y disfrutar en buenas condiciones los servicios fundamentales: el derecho a la vida, a la libertad, a la educación, a la salud, al trabajo y a la vivienda. La Iglesia sí hace política, pero de otra manera: cuando cada uno de sus miembros, desde su concreta posición, se hace responsable de la vida y el futuro de la sociedad.

Los católicos tenemos derecho y obligación de apoyar, por caminos democráticos, proyectos políticos que concuerden con nuestra visión de la persona humana, de la sociedad y del comportamiento ético; los políticos católicos tienen también el deber de impulsar estos objetivos; negarnos este derecho sería promover una política intolerante y discriminatoria. Esta obligación, independientemente de las preferencias partidistas que tengamos, exige la defensa y protección de la vida humana, de la familia en todas sus implicaciones, de los menores y los más necesitados, de la libertad y la pacífica convivencia, de la justicia y la solidaridad, de las religiones y las diferentes culturas.

Dentro de estas convicciones morales, los católicos tenemos libertad para actuar en política según el dictamen de la conciencia y la responsabilidad personal. Con estos criterios hay lugar a opiniones distintas y a proyectos diferentes, todos legítimos, aunque no todos tengan el mismo valor. La diferencia y libertad de posiciones y proyectos no se pueden confundir con la indiferencia o el relativismo moral. Las diversas iniciativas valen más o menos según la forma como correspondan a los valores morales que son garantía del bien personal y social. La idea de que la política tenga que navegar en el laicismo y en el relativismo no tiene un fundamento sólido y entraña peligros. Si todos no respetamos valores objetivos se abre el camino a la arbitrariedad y al autoritarismo.

Por eso, la Iglesia tiene el derecho y el deber de instruir y animar a los católicos para que actúen debidamente en los diferentes momentos y niveles de la vida política de acuerdo con las exigencias de nuestra fe. Los católicos, dentro del legítimo pluralismo y en colaboración con los demás ciudadanos, debemos discernir qué líderes, qué  grupos políticos y qué propuestas responden más al bien común según la doctrina de la Iglesia. Hay propuestas que afectan el bien de las personas, de las familias, de la libertad ciudadana; por tanto, los católicos tenemos que hacernos escuchar sin miedo. En síntesis, la fe y la moral cristianas tienen que ser operantes en todas las dimensiones de la vida y, por consiguiente, también en la política.

A la Iglesia se la critica si interviene en política porque no se acepta que tome partido, pero se la critica igualmente si no interviene porque pareciera que es indiferente a la vida y a la suerte del pueblo. La Iglesia, es decir todos nosotros los católicos, no nos podemos quedar como una masa muerta e indiferente frente a lo que pasa y puede pasar en el país. Los católicos, como se ha dicho siempre, debemos ser los mejores ciudadanos. Entonces intervengamos para dar lo que sabemos: el sentido del servicio público; para llamar a la unidad y a la cordura en el proceder; para mediar y ofrecer servicios específicos a favor de la libertad, la justicia y la reconciliación; para elegir a los mejores mediante un voto consciente y responsable.

Hoy no pensar y, por lo tanto, no actuar correctamente es una forma de colaborar con la destrucción de nuestras instituciones democráticas. La historia ya nos enseñó lo que ocurre cuando el poder se desborda y los demás callamos. La ignorancia de un votante en una democracia pone en peligro la seguridad de todos. Tenemos que analizar a fondo las propuestas y no quedarnos con alucinaciones populistas. Las elecciones de este año responden a un momento decisivo y fundamental para mantener la institucionalidad y el bienestar del país. Por tanto, el abstencionismo, el voto irresponsable o el voto vendido no son una opción válida para un católico. Procedamos con la responsabilidad y la esperanza que nos vienen de Cristo; él es la luz que vence toda oscuridad.