(Fray Nelson)
Padre celestial,
que nos has revelado Tu bondad
en la vida y la palabra,
en la Pasión, la Muerte y la Resurrección
de tu Unigénito, nuestro Señor Jesucristo:
despierto a Tus bienes y a mis males,
vengo a implorar tu misericordia
para mi vida,
para mi muerte
y para el destino eterno que me aguarda.
Desde ahora quiero aceptar tu designio sobre mí,
porque comprendo que Tu voluntad habrá de realizarse,
con mi acatamiento o sin él,
pero me parece que redunda en gloria Tuya
que mis rebeldías se abajen ante Tu majestad
y que mi voluntad busque servirte
no por necesidad sino por amor.
Reconozco tu providencia
sobre toda mi vida;
ahora sé que siempre me cuidaste,
incluso cuando yo me descuidaba,
y que estabas más dispuesto Tú
a procurar lo que me hiciera bien
que yo a evitar lo que podía hacerme mal.
Y así admito que no he sido buen señor de mi vida,
ni buen defensor de mi causa,
ni buen administrador de mis bienes.
Padre Bueno, Generoso Dador de todo bien:
atraído por Tu luz,
que ha vencido mi ceguera,
quiero proclamar Tu Evangelio en mi historia.
¡Oh sí! ¡Que la voz de Tu Enviado y Ungido
repueble la soledad y las ruinas
que el pecado dejó en mi vida!
Padre: de otro modo no seré feliz;
de otro modo, todo será perdido para mí.
Y Tú no te gozas en la muerte del pecador,
sino en que cambie de conducta y viva.
Precio soy de la Sangre de Tu Hijo;
yo soy la razón de Sus azotes y de Su cruz;
pero sobre todo,
soy la razón del abundante amor
que destilaron sus palabras y sus heridas,
sus milagros y sus llagas,
sus oraciones y su muerte.
Por amarme llegaste a tal extremo,
y nada tengo para retribuirte lo que me diste,
sino de nuevo ofrecerte
la vida y el amor inestimable de tu Hijo,
esta vez unido a mi amor y a mi vida.
Por eso quiero y anhelo que Tu victoria
sea plena, irrevocable y definitiva
en mí y en todas mis cosas.
Ahora que he vuelto a ser dueño de mí,
porque Tú me posees,
clamo a Tu Espíritu aquella obra de gracia
que me otorgue la libertad de servirte
con más amor y constancia.
Sí, Padre, ya que Tu Palabra me concede hablar,
que Tu Amor me conceda amar,
de modo que mi voluntad recupere enteramente su salud,
se desprenda de una vez y para siempre
del dominio tenebroso del mal
y se sienta atraída irresistiblemente por Tu bien.
Hoy, aquí y ahora, deseo desprenderme
de lo que me apartó de Ti,
por poco o por mucho;
aquí y ahora me arrepiento
de todo pecado de pensamiento,
palabra, obra u omisión;
y por eso, lleno de confianza en Tu victoria,
aquí y ahora quiero perder todo afecto
a todo recuerdo, proyecto, fantasía, imagen,
lugar, sensación, palabra,
lectura, conversación,
y a toda persona o cosa,
o acto cualquiera de mi voluntad
que Te haya ofendido
o que haya sido ocasión de que otros Te ofendan,
sea que yo me haya dado cuenta
o que nunca lo haya sabido.
Porque dando amor a lo que Tú no amas,
perdiendo el tiempo en lo que Tú desprecias
y gastando mis fuerzas en lo que Tú repruebas,
he robado el tiempo, las fuerzas y el amor
que Te pertenecen;
ladrón he sido de Tu gloria y de Tu honor,
y por eso la tristeza visitó mi vida
y la amargura habitó en mi alma.
Ya no ha de ser así, Padre mío.
Ahora mi hogar será Tu Providencia;
mi alimento, Tu Palabra;
mi vestido, Tu Cristo,
y mi destino, Tu Casa.
Sea fruto de Tu gracia
que toda verdad me resulte amable
y toda mentira odiosa;
habite en mí Tu bondad
y séame toda maldad extraña;
tenga gusto en el dolor que me acerque a Ti
y disgusto del placer que de Ti me aleje.
Así me atrevo a hablarte,
y con audacia te ruego, Padre,
porque al mirar a Tu Divino Hijo
en el Altar de la Cruz,
no puedo retener en mí esta palabra:
que Tú eres mi fortaleza y yo Tu debilidad;
Tú mi curación y yo Tu herida.
¡Ah, Padre, deja que le abrace,
que su amor nos una, si tan dispares somos,
para que su debilidad me haga fuerte
y sus heridas por fin me sanen!
Amén.


